miércoles 13 de julio de 2011

Nada cambia


Intentando recuperar mi viejo blog, este oscuro compañero. Pero no es fácil, la inspiración no es barata y las fuerzas lastimeras. Aun así, de vuelta, con un poema para un viejo amigo, un hermano de batalla que espera en Valhalla.

Nada cambia.

Por más que piense en ti
viejo amigo
que te recuerde
en momentos hurtados al día
por más copas que levante
en algún bar al oír tu canción
por más lágrimas
que esculpa y que escupa
nada cambia que te robaron las horas
que no hay botellas suficientes
para beberlas por ti

nada cambia
que estuve perdido
cuando tú más necesitabas encontrar el camino
y mi mano estuvo resbaladiza
como mi sombra furtiva

en el peor momento
cuando más arreciaba la tormenta
no fui siempre refugio seguro
lo sé
nada cambia eso y
cuantos mas pasos desando hacia el desastre
más encuentro de los perdidos
que no anduve contigo

y nada cambia
y mis lágrimas son cristales fríos
porque te robaron las horas
se llevaron tus días
y yo malgasté
un buen puñado de ellos
luchando en causas perdidas
en lugar de hacerlo
a brazo partido contigo.

nada
nada de nada cambia
ni mi llanto a deshora
ni tu ausencia homicida
ni los momentos masticados
sin sentido

nada
nada cambia
que me quedo aquí bebiendo pena
pensando
que ojalá pudiera reunir
un montoncito de los días que perdí
y de los días que me quedan
y dártelos a ti.

miércoles 9 de febrero de 2011

De dioses cotidianos y monstruos.


El sol calienta con desgana, tranquilo, sonriente, sabiendo que el invierno quema sus últimas naves, paciente. La tarde se caldea como si fuera un viernes y es que Madrid, un miércoles por la tarde, empieza desperezarse. La mente de la gente empieza a bullir con planes, lo noto, y los móviles empiezan a vibrar inquietos. Es una de esas tardes de casi primavera en la que parece que el sol alumbra todos los rincones de la ciudad, invitando a recorrerla. Yo no estoy  de muy buen humor, la verdad, me he levantado con la mano izquierda. A mí, esta tarde de sol y planes, de esquinas iluminadas y de bares con las puertas y ventanas abiertas, hace que el saco de los momentos se me clave en la espalda, y solo tengo ganas de meterme en el metro y cerrar los ojos al mundo. Un mal día, solo eso.
Pero el metro es también parte del mundo, demasiado cerca de la superficie. Me meto en el vagón y no me siento, total son dos paradas. Cuando estoy allí de pie, colgado de la barra de seguridad, tratando de colocar la mochila de manera que su única asa, la otra se me ha roto y aun no la he cosido, no se me clave en el hombro, una tenue voz recorre con pereza el vagón casi vacío. Un tipo, de unos cuarenta años,  lo recorre de una punta a otra relatando la misma historia de siempre, tan verdadera como falsa, de indigencia y hambre, de noches al raso. Me doy cuenta del que el hombre aparenta unos cuarenta pero bien puede tener mi edad o incluso veintipico, ya que las marcas de las drogas y del SIDA son evidentes en su aspecto, como una tarjeta de visita de perdedor profesional. Y pienso que ya me vale, quejándome por estupideces, cuando he llevado una vida bastante cómoda, siempre con una casa, siempre con ropa, siempre con comida. Pero al mirarme reflejado en el espejo del vagón, me veo bastante viejo, con el pelo enmarañado, la barba desordenada de varios días y el polvo de los cuadros del Museo del Prado cubriendo mis ropas. Así que agacho la cabeza y le doy una moneda al tipo, porque uno no sabe cuando puede acabar en el otro lado, mientras me pregunto de donde demonios habrá sacado el jersey rojo de Donna Karan que lleva.
Otra estación. El perdedor se baja y entra, además de otras personas, una chica de unos veinte años. Y vuelvo a sentir una patada en el estómago, y no se si cárgame en todo o sonreír por los contrastes que ofrece la vida. Se va el pobre diablo con todas sus pestes acuestas y entra una niña, una belleza que se sienta en uno de los asientos como si nadie se hubiera sentado nunca. Es guapa, hasta demasiado guapa. Lleva su belleza sin esfuerzo, con ligereza a pesar de su inmenso poder. Se quita un abrigo de ante marrón y muestra un vestido estampado liviano, que contrasta un poco con esta época del año, como si fuera una diosa nórdica que está más allá del tiempo y del clima. Es altanera.  Para recoger su larga y alborotada melena dorada, agita la cabeza y su pelo baila en el aire, como si al mundo solo le importase en ese preciso momento ese gesto cotidiano. Se recoge el pelo en un moño que sujeta con un bolígrafo y se saca varios mechones mirándose en el cristal del vagón. El tipo del SIDA, la niña rubia de belleza escultórica. El rostro de él muestra demasiadas batallas, todas perdidas y seguro que casi ninguna por una cusa justa. El de ella no muestra ni una sola. Los mortales pelean, los dioses contemplan. El mundo soporta tales matices y dobleces de la realidad sin romperse y a mí, hoy, que no tengo un buen día, se me hace un poco insoportable. Monstruos y ninfas. Y yo, que me vuelvo a mirar en el cristal del vagón antes de bajarme en mi parada, Avenida de América, me veo cada vez más monstruo.

viernes 16 de julio de 2010

Voz de un asesino.


Lo más viejos del lugar ya conocen este relato, aunque no lo recordarán, pero es que llevo días leyendo biografías y biografías de asesinos en serie y hoy por casualidad, me he encontrado con este minicuento que escribí hace siglos, en el blog viejo, y no  me ha disgustado, así que voy a hacer el vago imperdonable y lo voy a publicar aquí, je, je, de un blog a otro. Bueno, los viejos, como no lo recordarán, pues se refrescan la memoria y los nuevos, pues a ver si os gusta. Felices pesadillas.


Es el dolor de sentir que uno mismo no es más que un humano a medias. Persona solo en parte. Es el dolor que siempre ha guiado, guía y guiará mis pasos. Los huecos que me faltan los cubren sombras, dudas, complejos, límites. Puentes rotos que solo comunican con mis rincones desechos por el hambre de ser.
Cuando la humanidad no te da cobijo. No la humanidad como ente, sino como cualidad. Cuando la fe es un bálsamo que se evapora y el amor un garfio que te ata a otra medianía.
Los pasos desaparecen tras de ti y delante solo hay asfalto, una esquina, un recodo, puertas pintadas en colores tristes. La medicina no tiene solución para eso. Ni la religión. Ni la maldad. Solo hay hambre de ser un poco más persona, de subirse al tren en lugar de correr junto a él tratando de ver que es lo que ocurre dentro, a través de cristales humedecidos por vaho de vidas calientes, de corazones enfermos pero latientes.
La carne es más rosada al otro lado. Las voces suenan a oxígeno, a entrañas tibias. Todo lo que tú tienes es frío, hambre, carne pálida, corazón negro y pequeño.
Cuando no consigues ser persona te quedas a medias en una duermevela febril que te va consumiendo. Tu cuerpo fracasa, como tu mente, tus creencias se pudren en un proceso irremediable que no culmina hasta que no paras de observar a los demás. En ese momento lo envidias todo. La más leve brizna de vegetación que recibe la luz solar, el más complejo de los sistemas nerviosos que es capaz de extender todas sus terminaciones hasta límites más allá de lo extra corporal. Cuando un olor despierta el hambre, cuando la yema de otros dedos tocan un cuerpo extraño. A tu alrededor, todo ceniza. Nada es real, todo se vuelve del color de la desesperanza, el ceniciento color de la hecatombe vital. Caminas por el mundo sumido en tus infiernos y tu cuerpo, cada vez más marchito, no es más que un animal indeseable y rastrero que amenaza con dejarte tirado a la más mínima oportunidad de tumbarse el en suelo.
Lo envidias todo y quieres ser como ellos. Quieres llevar lo que ellos llevan dentro, perseguir el vellocino de oro de la normalidad, de la vida tranquila y segura, de los sueños sin monstruos, del sexo dulce y dulzón.
Empiezas, casi sin darte cuenta, como una alimaña a rebuscar en sus restos. Rebuscas en la basura de peluquerías buscando cabellos. Como una sombra a hurtadillas entras en los hospitales buscando restos, un bazo, un riñón enfermo, un miembro amputado. Recolectas estos tesoros como si fueran los ingredientes para una receta mágica que te haga ser más humano y lo devoras todo con ansia, ignorando las nauseas primerizas. A veces para encontrarse hay que perderse, quizá la forma de ser humano es volver atrás, al principio, convertirse en un monstruo informe y de ahí buscar la forma humana perfecta. Pero pronto ves que los despojos no son suficientes. Es como querer construirse una casa con dibujos de paredes, techo y tejas.
Así que de ahí al asesinato no hay más que un paso.
Ese es el mayor fracaso. Es como tomar un bello cuadro y desgarrarlo para ver como lo ha hecho el autor. Lo que finalmente te queda entre las manos es una amalgama triste e inútil. Has destruido una obra hermosa y al final de las tripas, las sangre, la piel hecha jirones, no hay absolutamente nada. Has andado el camino para convertirte en monstruo pero es un viaje sin retorno. Algunos prefieren ser monstruos que fantasmas que se van consumiendo lentamente. A mi me da igual. Yo solo quería ser una humano normal, pero no hay cura para la falta de humanidad.

jueves 8 de julio de 2010

Seguimos con cosas que no deben ser escritas.

Y en la tarde

La gente en las terrazas

El calor desbordando la tarde

La mirada perdida de un viejo

El cadáver de un ratón rodeado de moscas

El sudor que recorre la espalda

El verano como un fantasma

Las promesas mudas

Los recuerdos en carne viva

La chatarra oxidada del pasado

Los silencios

Los desmayos del alma

El ansia de una hoguera por no apagarse

Los días masticados

y la tarde que pasa

como la de ayer

la de mañana

El silencio de sus palabras en otros oídos

La cerveza que pesa

El whisky que cansa

El vodka que mata en silencio

Todo el alcohol y las lágrimas

La saliva colgando de un labio trémulo

Los caminos anegados

El océano de la distancia

El deseo helado

y la tarde que pasa

como la de ayer

la de mañana

Los fuegos fatuos a plena luz del día

Los niños jugando a juegos perdidos

Las ciénagas del mundo

El agua estancada en mil poemas

La fe huérfana de dioses

Y todo

Y nada

y la tarde que pasa

como la de ayer

la de mañana.

Cuánto hay de ti.

Voy entrando en Madrid

con el viejo dolor aullando

con el sol cayendo

como en todas las mañanas de verano del mundo

como preparando el escenario

como diciendo

¿a ver qué se tercia hoy?

Pero, ¿qué se va a terciar?

Digamos

que todo me recuerda a funciones pasadas

digamos que prefiero

no mirar de reojo al asiento del copiloto

porque sé que no voy a ver tus ojos verdes

mano a mano con el sol de la mañana

como sé

que no vas a estar ahí

vencida por la somnolencia

reuniendo toda tu belleza al despertar

bajándote un tirante

mostrándome tus encantos

tu hombro, tu pecho

provocándome

con esa sonrisa rojo roja

traviesa

por la que una vez

con gusto

olvidé todos los caminos que estaba buscando

ahora

con nuestros escenarios vacíos

los decorados

transformados en ruinas de cartón piedra amarillento

no se cuánto de ti hay

en la estatua de mármol que un día subí a un altar

pero recuerdo nuestras horas en los bares

la cerveza transformando en vino tu palidez

la embriaguez burbujeando en tu mirada

te mordías los labios

me mirabas

iluso de mi

como si no quisieras dejar de miarme nunca

y te veo

te siento

en la oscuridad de un concierto

la musica perdida en las sombras

contoneándote

rozando tu trasero contra mi entrepierna

volviéndome loco

esculpiendo mi deseo

dejando claro que no hay nada

nada

más sexy que tú en este mundo

tengo presente

como me agarraba a tus caderas

como quien se agarra a la ultima verdad del universo

recuerdo todo eso

y pienso que hay bastante de ti en aquella estatua

o quizás no haya nada

y seas como cualquier otra

solo que para mí fuiste como ninguna.

miércoles 23 de junio de 2010

A las 4 de la mañana



















A las 4 de la mañana
no me gusta lo que veo
en el espejo del ascensor

esa ruina amarillenta
esa pena que se arrastra
las ojeras de mil noches

a las 4 de la mañana
tirando de mis redes podridas
llenas de botellas vacías
sueños boqueantes
miradas de papel
recuerdos de macilentos

a las 4 de la mañana
le doy un puñetazo
a esa imagen satírica
al muñeco triste

al día siguiente
no recordaré
el por qué de la herida
ni de la sangre
en la mano

a las 4 de la mañana
todos los relojes del mundo
se paran
menos el suyo
que sigue funcionando.

La ventana cerrada.














Pues sí
si tú quisieras
si dejaras tu ventana abierta
me arrastraría
hasta tu habtación
noche arriba
sembrando sueños por el camino

pero cerraste la ventana
y la soledad se quedó fuera
mirando como me golpeo
contra el cristal
como una mosca mlaherida

esa es la historia
3 nohes en Madrid
no fueron suficientes
arrancarme las alas
tampoco fue un gran gesto
y al decirte cuanto mereces
perdí tinta esfuerzo y sueño

así que aquí estoy
siempre con el camino al hombro
preguntándome
si aquella botella de vino
todavía duerme contigo

¿qué más te voy a decir?
hace tiempo que pusiste correa a mis versos
por ahí sigo
sentado al borde de una sombra
esperando a ver si un día
dejas la ventana abierta.

domingo 13 de junio de 2010

Casi cinco de la mañana, ya huele a derrota.

Acabo de llegar, apenas borracho, cojo un boli y me sale esto. Perra vida.

Me agarrabas con las uñas
con el ansia de un alma recién despierta
yo entraba en ti
con todo lo que tengo dentro
mirándote a la cara
la boca entreabierta
los ojos cerrados
y etraba en ti
una y otra vez
mientras el orgasmo
te comía el corazón
y me agarrabas
con las uñas
con el alma despierta
¿Cóm puedo quererte tanto?
dijiste
lo triste
es que solo yo
recuerdo aquel momento.

domingo 30 de mayo de 2010

Volví a ahogarme en tus besos
y sentí
que el naufragio
no era una derrota

esta noche
di cien pasos
hacia atrás
para llegar junto a ti
otra vez
justo
hasta el quicio de tus labios
al borde de tu piel
te besé en las espalda
pasé lo labios
justo por donde empiezan
tus pechos
te vestí con mi deseo

en la cola de de la sala
te agarraba fuerte
te apretaba contra mi
sabiendo
que sujeto a ti
nada en el mundo
puede moverme
una vez más
por un momento
nuestro momento
éramos tú y yo contra el mundo

luego
a la maldita luz
del sol
arrastrando la tristeza
por el cementerio
puedes apostar
a que quería
comerme tu pena
arrancar la tragedia
de tu vida
regalarte una nueva historia
con un final mejor

el día siguió adelante
no voy a volvértelo a decir
te dije
hasta que tú me lo pidas
así que me conformo
por el momento
con quererte en cada verso.