viernes, 16 de julio de 2010

Voz de un asesino.


Lo más viejos del lugar ya conocen este relato, aunque no lo recordarán, pero es que llevo días leyendo biografías y biografías de asesinos en serie y hoy por casualidad, me he encontrado con este minicuento que escribí hace siglos, en el blog viejo, y no  me ha disgustado, así que voy a hacer el vago imperdonable y lo voy a publicar aquí, je, je, de un blog a otro. Bueno, los viejos, como no lo recordarán, pues se refrescan la memoria y los nuevos, pues a ver si os gusta. Felices pesadillas.


Es el dolor de sentir que uno mismo no es más que un humano a medias. Persona solo en parte. Es el dolor que siempre ha guiado, guía y guiará mis pasos. Los huecos que me faltan los cubren sombras, dudas, complejos, límites. Puentes rotos que solo comunican con mis rincones desechos por el hambre de ser.
Cuando la humanidad no te da cobijo. No la humanidad como ente, sino como cualidad. Cuando la fe es un bálsamo que se evapora y el amor un garfio que te ata a otra medianía.
Los pasos desaparecen tras de ti y delante solo hay asfalto, una esquina, un recodo, puertas pintadas en colores tristes. La medicina no tiene solución para eso. Ni la religión. Ni la maldad. Solo hay hambre de ser un poco más persona, de subirse al tren en lugar de correr junto a él tratando de ver que es lo que ocurre dentro, a través de cristales humedecidos por vaho de vidas calientes, de corazones enfermos pero latientes.
La carne es más rosada al otro lado. Las voces suenan a oxígeno, a entrañas tibias. Todo lo que tú tienes es frío, hambre, carne pálida, corazón negro y pequeño.
Cuando no consigues ser persona te quedas a medias en una duermevela febril que te va consumiendo. Tu cuerpo fracasa, como tu mente, tus creencias se pudren en un proceso irremediable que no culmina hasta que no paras de observar a los demás. En ese momento lo envidias todo. La más leve brizna de vegetación que recibe la luz solar, el más complejo de los sistemas nerviosos que es capaz de extender todas sus terminaciones hasta límites más allá de lo extra corporal. Cuando un olor despierta el hambre, cuando la yema de otros dedos tocan un cuerpo extraño. A tu alrededor, todo ceniza. Nada es real, todo se vuelve del color de la desesperanza, el ceniciento color de la hecatombe vital. Caminas por el mundo sumido en tus infiernos y tu cuerpo, cada vez más marchito, no es más que un animal indeseable y rastrero que amenaza con dejarte tirado a la más mínima oportunidad de tumbarse el en suelo.
Lo envidias todo y quieres ser como ellos. Quieres llevar lo que ellos llevan dentro, perseguir el vellocino de oro de la normalidad, de la vida tranquila y segura, de los sueños sin monstruos, del sexo dulce y dulzón.
Empiezas, casi sin darte cuenta, como una alimaña a rebuscar en sus restos. Rebuscas en la basura de peluquerías buscando cabellos. Como una sombra a hurtadillas entras en los hospitales buscando restos, un bazo, un riñón enfermo, un miembro amputado. Recolectas estos tesoros como si fueran los ingredientes para una receta mágica que te haga ser más humano y lo devoras todo con ansia, ignorando las nauseas primerizas. A veces para encontrarse hay que perderse, quizá la forma de ser humano es volver atrás, al principio, convertirse en un monstruo informe y de ahí buscar la forma humana perfecta. Pero pronto ves que los despojos no son suficientes. Es como querer construirse una casa con dibujos de paredes, techo y tejas.
Así que de ahí al asesinato no hay más que un paso.
Ese es el mayor fracaso. Es como tomar un bello cuadro y desgarrarlo para ver como lo ha hecho el autor. Lo que finalmente te queda entre las manos es una amalgama triste e inútil. Has destruido una obra hermosa y al final de las tripas, las sangre, la piel hecha jirones, no hay absolutamente nada. Has andado el camino para convertirte en monstruo pero es un viaje sin retorno. Algunos prefieren ser monstruos que fantasmas que se van consumiendo lentamente. A mi me da igual. Yo solo quería ser una humano normal, pero no hay cura para la falta de humanidad.

jueves, 8 de julio de 2010

Seguimos con cosas que no deben ser escritas.

Y en la tarde

La gente en las terrazas

El calor desbordando la tarde

La mirada perdida de un viejo

El cadáver de un ratón rodeado de moscas

El sudor que recorre la espalda

El verano como un fantasma

Las promesas mudas

Los recuerdos en carne viva

La chatarra oxidada del pasado

Los silencios

Los desmayos del alma

El ansia de una hoguera por no apagarse

Los días masticados

y la tarde que pasa

como la de ayer

la de mañana

El silencio de sus palabras en otros oídos

La cerveza que pesa

El whisky que cansa

El vodka que mata en silencio

Todo el alcohol y las lágrimas

La saliva colgando de un labio trémulo

Los caminos anegados

El océano de la distancia

El deseo helado

y la tarde que pasa

como la de ayer

la de mañana

Los fuegos fatuos a plena luz del día

Los niños jugando a juegos perdidos

Las ciénagas del mundo

El agua estancada en mil poemas

La fe huérfana de dioses

Y todo

Y nada

y la tarde que pasa

como la de ayer

la de mañana.

Cuánto hay de ti.

Voy entrando en Madrid

con el viejo dolor aullando

con el sol cayendo

como en todas las mañanas de verano del mundo

como preparando el escenario

como diciendo

¿a ver qué se tercia hoy?

Pero, ¿qué se va a terciar?

Digamos

que todo me recuerda a funciones pasadas

digamos que prefiero

no mirar de reojo al asiento del copiloto

porque sé que no voy a ver tus ojos verdes

mano a mano con el sol de la mañana

como sé

que no vas a estar ahí

vencida por la somnolencia

reuniendo toda tu belleza al despertar

bajándote un tirante

mostrándome tus encantos

tu hombro, tu pecho

provocándome

con esa sonrisa rojo roja

traviesa

por la que una vez

con gusto

olvidé todos los caminos que estaba buscando

ahora

con nuestros escenarios vacíos

los decorados

transformados en ruinas de cartón piedra amarillento

no se cuánto de ti hay

en la estatua de mármol que un día subí a un altar

pero recuerdo nuestras horas en los bares

la cerveza transformando en vino tu palidez

la embriaguez burbujeando en tu mirada

te mordías los labios

me mirabas

iluso de mi

como si no quisieras dejar de miarme nunca

y te veo

te siento

en la oscuridad de un concierto

la musica perdida en las sombras

contoneándote

rozando tu trasero contra mi entrepierna

volviéndome loco

esculpiendo mi deseo

dejando claro que no hay nada

nada

más sexy que tú en este mundo

tengo presente

como me agarraba a tus caderas

como quien se agarra a la ultima verdad del universo

recuerdo todo eso

y pienso que hay bastante de ti en aquella estatua

o quizás no haya nada

y seas como cualquier otra

solo que para mí fuiste como ninguna.